El libro viajero

Natalia viene del cole muy ilusionada llevando casi a rastras una bolsa con un libro enorme “mamá mira el libro viajero”. La seño ha propuesto una actividad que se titula “el día que yo nací” y consiste en que todos los niños de la clase cuenten en unas hojas del libro cómo fue el día de su nacimiento con fotos y dibujos, y esta semana le ha tocado a la hermana rellenar sus hojas, así que nos hemos puesto manos a la obra.

Lo primero que hemos hecho es curiosear el resto de las hojas de sus compañeros, he leído y mirado las fotos…me ha sorprendido que Natalia ha reconocido cada historia diciéndome de qué niño se trataba, han trabajado con el libro en clase y ella se acordaba de todos.

Después he buscado en el ordenador la carpeta con las primeras fotos de Natalia al nacer…y se me ha hecho un nudo en el estómago…casi no puedo contener las lágrimas…y le he contado a la hermana mayor cómo fueron esos días mientras que le enseñaba las fotos y vídeos.

Curiosamente, le pedí al papi que nos hiciéramos una foto los dos juntos en el salón donde saliera mi barriguita gorda, que no teníamos ninguna, y quién nos iba a decir que a la mañana siguiente estábamos de parto, UN MES antes de lo previsto, que papi no se lo tomó en serio hasta que me vio meter en el coche la bolsa de maternidad (me miró, se le aflojaron las piernas y dijo “¿síiiiii? ¿en serio?”). Estaba de 35 semanas, era muy pronto aún y ni siquiera la bebé estaba colocada, me pusieron un tratamiento de 48 horas para frenar el parto, pero a los pocos minutos de terminar el gotero del tratamiento, Natalia comenzó de nuevo a intentar salir, así que rápidamente cesárea. Esta parte me la salto porque no quiero ni recordarla. Le hice prometer a papi que cuándo le dieran a la bebé que no la soltara de sus brazos hasta que yo volviera, quería que mi niña se sintiera “en casa” o lo más parecido posible, ya que sabía que ya no podría vivir ese primer momento juntas.

Pesó 2.400 gramos, apenas la vi y se la llevaron a la habitación con papi, mientras que el médico le advertía que Natalia estaba en el límite, muy frágil, papi la agarró bien fuerte mientras la miraba tremendamente feliz, también me perdí ese momento, esas miradas (gracias a que el abuelo no paró de hacer fotos y vídeos para que yo luego los viera).

Después de 20 minutos, eternos para mí, llegué a la habitación y la pude tener en mis brazos. Fue confuso ese momento, venía todavía asustada de la cesárea y me dolía mucho, mareada, tumbada en la cama con la vía puesta no podía coger a mi bebé bien, agobiada porque quería darle el pecho enseguida…no lo recuerdo muy bien, cierro los ojos y veo a mi madre cogiendome el pecho para ponerlo cerca de la boca de la niña, mi suegra sujetándola porque yo no podía cogerla, mi padre haciendo fotos, mis abuelos por allí dando vueltas también…un lío…y recuerdo que todo el rato pensaba “yo no lo había soñado así, esto no es lo que me habían contado, ni estoy feliz ni mi bebé es precioso ni el parto ha salido bien“…fue todo al revés. Y encima, a los pocos minutos la matrona se acerca y coge Natalia, la pone en la otra cama y le hace una prueba de azúcar…”está bajo…me la tengo que llevar a incubadora, lo siento”…y ya está…se la llevaron de nuevo de mis brazos…me quedé rota…no me salía la voz, solo dije “por favor necesito un chute fuerte de calmante para el dolor, me da igual el pecho y todo, solo quiero un chute rápido”…estaba colapsada, esa es la palabra.

A medida que pasaron las horas poco a poco pude empezar a disfrutar del momento, no podíamos verla ni abrazarla pero pronto estaría con nosotros. A la mañana siguiente al lado de la incubadora por fin lo viví, ahora sí me sentía más o menos bien y podía cogerla, darle el pecho, yo no paraba de sonreir, no estábamos solos en aquella sala pero para mí no había nadie más que papi y nosotras.

No preocuparos que esta versión no es la que le he contado a la hermana mayor…es otra más resumida y suave: que nos dio una sorpresa, que era muy pequeña como una lechuga, que durmió 2 días en una cuna de cristal muy calentita y que nos hizo los papis más felices del mundo entero. Eso sí, felicidad sentía en cada momento, aunque mezclada con miles de sentimientos más…

De ese día he sacado muchas conclusiones y enseñanzas…eso está claro…lo primero es que “esto con la segunda  hija no me pasa”…jaja…y efectivamente fue muy distinto: no tuve miedo en el quirófano (también fue cesárea), llegue a la habitación con una gran sonrisa y los brazos abiertos para cogerla fuerte y darle el pecho tranquila, y es que te conoces aún mejor, ahora sí sabes lo que va a pasar, que va a doler, que solo tendrás ganas de llorar, reir y llorar otra vez. Ahora sí podía mirar a mi alrededor y ver como las abuelas y el abuelo estaban emocionados, como papi sonreía, ahora sí era consciente de todo. No tengo ningún recuerdo negativo de ese “segundo momento”…bueno sí…preocupación por la hermana mayor, nerviosa por cómo actuaría al conocer al bebé…en fin…tengo claro que la felicidad al 100% ¡no existe! y para las mamis menos todavía, aunque el nuevo amor que experimentamos nos llena de una manera tan intensa, difícil de explicar.

También tengo claro que no cambiaría el día en que tú naciste por nada en el mundo mi princesa.

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